lunes, 3 de julio de 2017

Los peligros de “caminar flotando”

Por Yasel Toledo Garnache
La muchacha obtuvo un premio cualquiera y adquirió esa lamentable habilidad de caminar flotando en el aire y mirar a todos como desde una altura superior. Casi no saludaba a nadie, y con frecuencia solo hablaba del importante reconocimiento y de la calidad de su obra literaria.
No tenía ningún libro publicado, apenas comenzaba a ser conocida entre los escritores, pero ella parecía considerarse una reina de las letras.
Exigía ser la primera invitada para cualquier evento, tener lecturas en cada uno, especialmente en las actividades más importantes, y siempre comenzaba sus presentaciones con alguna referencia a su galardón, el cual no era de los más sobresalientes, pues pertenecía a un concurso con muy poco poder de convocatoria, aunque cualquier triunfo es siempre importante.
Susurrar su nombre aquí no sería significativo, porque puede llamarse de muchas formas y estar en numerosos sectores de la sociedad, pues no resulta raro encontrar personas con esos aires de «grandeza», quienes suelen creerse las que más saben y merecen…, las mejores, aunque sus resultados no respalden los alardes.
En ocasiones, ni siquiera reciben elogios, pero miran siempre de una forma diferente y no valoran lo suficiente el trabajo de los otros, porque, claro, ninguno es tan bueno como ellas.
A veces, critican, sin una pizca de ética, y en ausencia de la víctima de las balas verbales.
Tal vez, ahora mismo usted recuerde a un compañero de trabajo, un vecino, un familiar… con esas características. Quizá, lo visualice con sus gestos y tono alto de la voz o palabras con bajo volumen, lo vea negándose a laborar en un equipo porque él puede solo…
Eso puede conducir a una competencia lamentable y hasta bochornosa, dañina para los ambientes laborales y de otro tipo. Lo más favorable será siempre la cooperación y solidaridad para impulsar los resultados de los grupos, y celebrar cada éxito individual o colectivo  como un resultado de todos.
La historia de Cuba está repleta de hombres y mujeres gigantes, por sus ideas y obras en diversos aspectos, por su dimensión más allá de espacios físicos, quienes con su ejemplo nos dejaron muchas luces sobre los modos adecuados de comportamiento a favor de la espiritualidad, de nosotros mismos y este país enorme donde vivimos, construimos y soñamos con apego a las mejores esencias del ser humano.
No escribiré nombres de quienes, por sus aportes al presente y futuro, son faros hasta la eternidad. Además, estoy seguro de que ustedes ya pensaron en ellos, en los más sobresalientes, en quienes deben guiarnos en todo momento.
Hace poco, en Bayamo compartimos con Ivette Cepeda y Raúl Paz, dos de los artistas más destacados del país en la actualidad, referentes para creadores jóvenes, y ellos confirmaron, con su amabilidad, tono agradable y acciones en el escenario y otros lugares, que la sencillez hace grandes a los individuos y despierta en los demás más cariño y admiración hacia ellos.
Caminar flotando hace daño a quienes, elevados por ellos mismos, van por la vida apartando amigos, criticando «inferiores» y sobre todo lacerando su propia felicidad y la convivencia en armonía y con solidaridad permanente.
Son fundamentales las labores de las escuelas, familiares y todos para enseñar, educar y jamás permitir que alguien suba de forma imaginaria, por éxitos reales o ficticios y otras razones.
La humildad, a pesar de los logros, es una de las actitudes más admirables en los seres humanos, enriquecida con el noble empeño de superarnos y ayudar a los demás, en el camino de ser siempre mejores, sin importar las circunstancias, acciones de otros y complejidades de los retos.

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